sábado, 9 de julio de 2022

CINCO PROBLEMAS PARA EL TALENTO DE YOLANDA DÍAZ

 


Antonio Mora Plaza         

 "Economista, licenciado por la UCM, bancario, ha trabajado para CC.OO. Cinco libros publicados, cuatro de ellos de análisis económico y uno de literatura. Autor, además, de numerosos artículos de economía publicados en revistas especializadas. Colaborador habitual en la revista digital Nueva Tribuna".

 Ya sé que sabes, estimada Yolanda, que gobernar no es fácil, sobre todo si se pretende cambiar las cosas; y más difícil aún si ese cambio se desea desde opciones de izquierda, es decir, desde la búsqueda de la igualdad real, desde la igualdad de oportunidades, desde la libertad y desde la justicia. Muchos denigran la política y a los políticos con frases como “son todos iguales”, “todos van a lo mismo”, etc., que son pensamientos vacíos, puerilidades, en la mayoría de los casos falsedades, que solo expresan frustración y nivel intelectual cero de aquellos que las emiten. Gobernar desde la izquierda exige voluntad de cambio, talento y comprensión por parte de los ciudadanos en lo que estas políticas les favorecen: si los favorecidos en hipótesis por estas políticas votan opciones que les perjudican o se abstienen no hay nada que hacer y eso es lo que ha ocurrido en las últimas elecciones autonómicas. Por Ello la tarea es hercúlea, porque implica conseguir voltear –que se dice allende los mares– esos comportamientos, no para bien de la izquierda política, sino para bien de los ciudadanos que así obran. Es esta una tarea ineludible, permanente y no tiene plazos, y si se fracasa en ella la cosa no tiene solución, decía, porque, entonces, no se llega al poder fáctico más importante de una democracia: el BOE. Sé que desde el mundo ideológico que vienes esta última frase te puede resultar chirriante, pero esta es la historia de las democracias. Contra las dictaduras todo vale –excepto el asesinato, el terrorismo, por supuesto–, pero en las democracias sin el BOE la cosa pintan bastos. Pero vayamos ahora a estos cinco problemas a los que te vas a enfrentar, que no son los únicos, pero que sí son problemáticos de abordar por diversos motivos: a veces porque no está en manos de un solo país, porque se parte de errores cometidos en el pasado, porque choca con concepciones ideológicas previas, es decir, con pre-juicios, porque exigen cuantiosas finanzas públicas o porque se antepone lo leguleyo al comportamiento socioeconómico. Veamos uno por uno. 

1) El primero que expongo es el tema del ataque de la Rusia de Putin a Ucrania y el tema de la OTAN. El presidente ruso ha conseguido algo impensable y es que muchos de los que votamos en contra de la permanencia en esa organización militar el 12 de marzo de 1986 consideremos ahora que fue un error. Y eso que el estado actual de la OTAN es deleznable. Pensemos que en Europa hay bases militares de la OTAN, bases militares ¡exclusivamente de USA!, que hay bases militares en países que no son de la OTAN y países OTAN sin bases militares. Es decir, una mezcla absurda pero muy conveniente para USA. El segundo problema es la dependencia de Europa de USA en temas militares debido a los bajos presupuestos que muchos países europeos han dedicado a su defensa. Tranquilidad, Yolanda, ya sé que expresamente así parezco de derechas y militarista pero nada más lejos de eso. Dice el aforismo que “si quieres la paz prepárate para la guerra”, lo cual es una estupidez, un error y con consecuencias trágicas normalmente. El problema es que no podemos sustituir tal aforismo por algo como “si quieres la paz, haz la paz o prepárate para la paz”, porque eso solo es posible si todos los países del planeta asumieran tal deseo. Dos se pegan con tal de que uno quiera, Yolanda. Lee o relee si quieres Sobre la paz perpetua, de I. Kant, uno de los más grandes filósofos de la humanidad y que hoy lo tildaríamos de pacifista, y verás qué tan lejos estamos de las condiciones y actuaciones necesarias para conseguir tal anhelo según el genio de Königsberg. Solo te remito al punto quinto de los Artículos preliminares de la obra mencionada: “Ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución o gobierno de otro Estado”. Palabras que parecen escritas tras el ataque de Rusia a Ucrania en estos momentos. Te propongo el siguiente aforismo: si quieres la paz prepara la disuasión. Para Putin, que es un nacionalista furibundo, un ¡anti-comunista! y un aspirante a criminal de guerra –está graduándose en eso en Ucrania–, y sus compañeros de KGB colocados en la Administración rusa[1] la II Guerra Mundial no ha acabado. Y para ello tiene una palanca sociológica histórica y son los 27 millones de rusos muertos que la Alemania nazi propinó a la Unión Soviética de Stalin. Sé que considerar así al presidente de la Federación rusa para cierta izquierda es muy duro por la simpatía merecida que a la izquierda nos ha merecido el pueblo ruso, por su impagable sacrificio en la última mundial guerra y por ciertas analogías de la historia rusa y la española, pero una cosa es el pueblo y otra algunos de sus dirigentes; una cosa es la historia y otra el presente, por más que en ésta influya la anterior. También en su momento para cierta izquierda fue un trauma darse cuenta de que Stalin, responsable máximo de la defensa rusa en la última guerra global, fue también un criminal con su propio pueblo, al igual que Franco, el dictador que murió en la cama para vergüenza de los demócratas españoles pero también para los franquistas. A partir de aquí son varios los interrogantes a los que te vas a enfrentar si tenemos la suerte la inmensa mayoría de los españoles –incluidos la mayor parte de los que no te voten– de que toques el BOE en el 2023: ¿Podemos en breve plazo dotar a Europa de la defensa disuasoria suficiente sin USA? ¿Cómo han de ser los presupuestos para tal fin? ¿Cómo defendernos colectivamente en Europa del delirio putinesco? Incluso una política militar estrictamente defensiva choca con dos problemas: el primero es que casi cualquier país europeo puede ser atacado por la Rusia de Putin sin necesidad de ser invadido; el segundo es terrible y lo formulo así: ¿tenemos la seguridad de que Francia o el Reino Unido responderían con armas nucleares en el caso hipotético de que la Rusia de Putin atacara a un país europeos sin armas nucleares? ¿Es posible zafarse de la dependencia militar yanqui sin aumentar significativamente los presupuestos destinados a la defensa? ¿Será suficiente en el futuro la disuasión convencional europea frente a las amenazas nucleares de Putin y sus secuaces? Para la derecha estos no son problemas, pero para la izquierda que queremos preservar la paz a toda costa sí lo son porque no hay paz si uno no quiere, y menos si ese que no quiere tiene miles de ojivas nucleares y un presidente que dice que está dispuesto a utilizarlas aunque no desvele en qué condiciones lo haría. He oído a algún miembro destacado de Unidas Podemos de que la solución es que Ucrania se rinda, pero, incluso en ese caso hipotético, eso no garantiza las ansias expansionistas, revanchistas de la corte putinesca. Putin ha renegado de Lenin y de Gorbachov, ha considerado un error la Constitución que promulgó Lenin que permitía la independencia de las naciones y que constituían la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas tras la II Guerra Mundial, Putin se cree un pequeño zar en una Rusia en decadencia cuyo PIB es inferior al de Italia. 

2) El segundo problema que quiero abordar ya es más de nuestro terruño, más, si se quiere, provinciano, pero es un terrible problema porque, además, no viene considerándose como tal ni por la derecha –salvo por Vox– ni por la izquierda de cualquier intensidad verbal. Me refiero al estrepitoso fracaso que constituye el Estado autonómico, su fiscalidad y su financiación. En Alemania o en USA, que son Estados federales, no tienen tal problema porque llevan muchos más decenios de democracia que nosotros y los ciudadanos saben distinguir la responsabilidad y competencias entre la Administración central del Estado y la de los Estados federados. En España, no, y eso es terrible para la izquierda porque la ecuación que viene desarrollándose desde la derecha es que la subida de los impuestos depende del Gobierno de la nación pero sus posibles bajadas –exenciones, bonificaciones, deducciones– dependen de cada autonomía. Me dirás que ello es un absurdo lógico y económico y lo es, pero no lo es sociológicamente, no lo es socio-electoralmente. Y eso lo sabe el PP. Madrid, donde vives ya creo permanentemente, está en manos de la derecha debido en gran medida a que una analfabeta funcional como la Sra. Ayuso baja o promete bajar los impuestos cedidos y compartidos y, cuando le falta recursos para lo público –en lo que no cree– le eche la culpa al Gobierno de la nación, es decir, a Pedro Sánchez y eso lo hace a pesar de que esta Comunidad es la más favorecida en el reparto del gasto e infraestructuras, incluso en términos relativos, pero ya sabes que la mentira y el engaño es el alimento de la derecha, es como el viento para los barcos de vela, es como el agua para el sediento. Y gran parte de los madrileños, independientemente de sus recursos, le compran el discurso electoralmente aunque atisben el absurdo y la contradicción. Y eso parece trasladarse al resto de España, lo cual es aún más absurdo y contradictorio porque Madrid, dado el efecto económico de la capitalidad y su historia, es posible aumentar la recaudación –aunque tengo mis dudas– sin subir los tipos, pero en el resto de España eso es imposible. Es verdad que no es realista cuestionar el Estado autonómico y, a diferencia de Vox, la dirección ya única es ir a un Estado federal, pero no solo técnicamente, jurídicamente, sino también y sobre todo sociológicamente, socio-electoralmente, y en ese objetivo aún estamos en pañales: sociológicamente el Estado autonómico es un nonnato. Y para ello hay que revisar toda la fiscalidad, despojar de las Autonomías la competencia de que puedan modificar los impuestos, sus tipos, sus exenciones y bonificaciones en los impuestos compartidos y cedidos como son el IRPF, Patrimonio, Sucesiones y Donaciones. Existen dos posibles soluciones. La primera es la de asignar unos impuestos a las Autonomías bajo su entera responsabilidad y otros a la Administración Central, y que una parte de los ingresos de esta última administración se dedicaran a paliar las diferencias de renta y riqueza entre autonomías en órganos ya existentes como el Consejo de Política Fiscal y Financiera, donde participan A. Central y Autonomías. La segunda es la de eliminar –decíamos– todas las exenciones, bonificaciones, etc. de los impuestos cedidos y compartidos. Esta última es la más sencilla técnicamente, jurídicamente, pero tiene dos problemas: que socio-electoralmente quitaría votos a la izquierda a pesar de que mejoraría la vida a la mayoría de los ciudadanos al tener más recursos las Administraciones para lo público, y el segundo es que la derecha podría voltear fácilmente la legislación en favor de la actual cuando llegara al BOE. Sé que es una tarea titánica y difícil, que la derecha se va a oponer a algo tan racional porque el status actual le da muchos votos pero, por ello y, sobre todo, en aras de la racionalidad y la justicia social en el reparto de cargas y beneficios –enseñanza pública, educación pública, dependencia, etc.– no puede vararse más en el tiempo. Es este un tema que el PSOE acomodaticio no lo va a abordar por su cuenta, pero lo hará si se le empuja a ello, no va en contra de sus presupuestos ideológicos pero sí va en contra de su horror felipesco al riesgo. Creo que me entiendes, estimada Yolanda. La cuestión intelectual es muy sencilla aunque la tarea política sea hercúlea: o cambiamos toda la fiscalidad española y su reparto de competencias o renunciamos al Estado autonómico. Y esta segunda posibilidad ya no es viable, con lo cual todo queda en lo dicho. 

3) El tercer problema que tenemos la sociedad española –aunque no sé sociológicamente qué es eso de sociedad– es la educación. El PSOE felipesco cometió errores en el pasado –como todos los gobiernos–, pero dos son enormes y el hecho de que no se hayan considerados como tales en lo que se merecen les agranda aún más: la división entre enseñanza concertada y pública y el desarrollo de la contratación temporal en el trabajo. Sobre esto último no voy a hablar porque tú, como abogada laboralista, es la que puedes dar lecciones de ello y una parte de lo que has hecho como ministra y vicepresidenta es, precisamente, intentar paliar tamaño desaguisado. Pero la división entre enseñanza concertada y pública es terrible porque varios motivos: discrimina a los niños en función de la renta y riqueza de los papás, de su lugar de vivienda, etc., apela al egoísmo en lugar de navegar por la solidaridad y la equidad y da votos a la derecha por el motivo anterior. Un niño que va a la escuela no debiera notar si está en una escuela concertada o pública. Y para cambiar esto es urgente un estatuto de la enseñanza que afecte por igual a la enseñanza concertada y a la pública, porque ambas están financiadas con todos nuestros impuestos. Te paso, estimada Yolanda, el titular de una noticia aparecida en el diario El País: “Examen a las becas en España: Madrid, la única que las ofrece sin criterio de notas, a rentas altas y en centros privados”. Sin comentarios. 

Y si hablamos de la enseñanza universitaria la cosa es más grave porque sigue existiendo universidad pública y privada, siendo esta última una contradicción en los términos. Al igual que en la secundaria, la manera más justa y eficiente de distribuir los recursos públicos es hacerlo por méritos y esfuerzos de los alumnos y no en función del dinerito de los papás. Las llamadas universidades privadas debieran convertirse en otro tipo de enseñanza pero sin rango universitario. Ahora nos encontramos con que la universidad pública tiene puntos de corte para estudiar y gran parte de la privada ni siquiera los tiene con tal de que los menos espabilados y más vagos estudien si sus papás pueden pagarlo. Es una discriminación insoportable y un caso de ineficiencia en la asignación de los recursos que lo pagamos todos en términos de productividad global. 

4) Puedes encontrarte Yolanda con que al final de este año la inflación no se haya domeñado y suenen con más fuerza y como siempre los clarines monetaristas de sus soluciones. Y es que ya vimos en el pasado cómo la primera solución que toman los gobiernos es monetaria, es decir, recortar los tipos al recortar la oferta monetaria y, con ello, frenar a la economía al encarecerse la financiación para empresas y particulares. Debes saber que decía Milton Friedman –el monetarista avant la lettre, incluso a pesar suyo– que “la inflación es siempre y en todo lugar un problema monetario”. La historia reciente e, incluso, la de otras épocas, ha demostrado que tal afirmación, hecha así, con esa contundencia, es falsa. La prueba es que el BCE ha estado dotando de financiación ilimitada a la UE durante casi 7 años –desde el 2015 (mes de marzo), cuarto año de la llegada de Mario Draghi a la presidencia del BCE– y no se había notado la inflación casi hasta la guerra de Ucrania. Y digo que casi porque es verdad también que ya comenzaron las tensiones inflacionistas en el 2021. Es también que una financiación ilimitada no se puede prolongar mucho en el tiempo y por ello es lógico y atinado endurecer temporalmente y de forma limitada la facilidad de crédito. Sin embargo es un error pensar que los problemas de inflación se solucionan simplemente encareciéndolo cuando las causas son otras. El problema ahora es que estamos ante una crisis de suministros de algunas materias primas y alimentos a consecuencia de la guerra en Ucrania. La solución vendrá de la mano de sustituir esas importaciones ucranianas y rusas por las mismas pero provenientes de USA, África, América Latina, Australia, Canadá, etc. Y eso llevará algún tiempo, encarecerá algunos productos si no se subvencionan o, mejor aún, si no se dotan de rentas a los más necesitados, y todos seremos un poquito más pobres. Pero está de la mano de la política económica el que ese reparto de las cargas sea equitativo dotando de rentas mínimas a los más pobres. El cheque de 200 euros del actual Gobierno de coalición va en esa línea pero es marcadamente insuficiente en cantidad y excesivo en requisitos. Sé que Unidas Podemos, por ejemplo, desea soluciones más drásticas actuando sobre las empresas energéticas intentado poner límites a los precios. Esto puede ser una solución siempre que esas empresas no reaccionen limitando la producción y, por consiguiente, la oferta. Por ello desde el principio hay que tener prevista esta actuación para obrar en consecuencia; de lo contrario es mejor no dar pasos en falsos y siempre quedan dos soluciones: aumentar el impuesto de sociedades que, al ser un impuesto sobre los beneficios –aunque sean contables– no afectan ni a la asignación de recursos ni al volumen de producción siempre que se preserve un mínimo de ganancias para amortizaciones físicas y financieras; la segunda solución, complementaria con la anterior, es actuar desde la oferta porque la mejor manera de bajar los precios es aumentar aquella. Si fueras presidenta de Gobierno –y muchos lo deseamos– te darás cuenta que el mundo de la economía se resiste a la manía leguleya e inveterada de solucionar los problemas simplemente con leyes. De ser así no existirían problemas económicos como la desigualdad, la discriminación de rentas, la asignación eficiente, la distribución de ingresos entre los diferentes tipos de impuestos o el reparto del excedente. 

5) Por último quería llamar tu atención en algo que apenas se considera o que se considera por separado y es el hecho histórico de la relación entre desigualdad y sector público. En países medianos como el nuestro –aunque no seamos de los medianos punteros– no parece posible combatir la desigualdad con tamaños de lo público que no llegue al 40% la relación entre lo público y el PIB. Todavía España no llega a ese dato desde el lado de los ingresos aunque sí hemos dado pasos para hacerlo desde el lado del gasto. Dicho de otra manera, hay un efecto colateral deseado al aumentar el papel de lo público en temas como la enseñanza, la sanidad, la dependencia, etc., y es el de paliar la desigualdad aun cuando no se tomen medidas expresas para tal empeño. De ahí el ataque de la derecha a lo público y ello por una razón que ya te habrás dado cuenta: para la derecha política –no necesariamente la sociológica– la desigualdad social no es un defecto sino una virtud, por más que el Sr. Feijóo diga ante los más pudientes que hay que dotar de rentas a los más pobres. Todo ello forma parte de la panoplia de mentiras y engaños de la derecha española, que en eso, reconozcámoslo, son unos maestros: solo en eso, pero lo son. Y para ello tienen gran parte de las redes y los tabloides recortados y con grapa a veces que son el ABC, La Razón y El Mundo, todos ellos enemigos de la democracia si el que gobierna no es de su agrado. 

Por supuesto que hay más problemas y otros que surgirán antes y después del objetivo a corto plazo que es el de renovar el Gobierno de coalición en el 2023 y mejor si en ese gobierno tiene más peso la formación que tú en lo inmediato y entonces lideres. Estamos viendo en Europa y en América que no es verdad que avance la derecha sino más bien todo lo contrario, pero también vemos que la derecha se hace cada vez más extrema derecha, más xenófoba, más machista, más antiecologista, más neoliberal en el reparto de rentas y riqueza, más belicista, más, en definitiva, fascista. Eso está pasando en España con el PP y la cosa se agudizará más porque compite con un partido neofranquista como es Vox y por ello la izquierda debe ganar las elecciones del 2023, para parar el fascismo, cosa que no se pudo en los años 30 del siglo pasado. Pero la historia, afortunadamente, no se repite, solo se alimenta de analogías. ¡Ánimo, Yolanda!, danos el BOE en el 2023 para practicar la democracia, la libertad, la igualdad y la justicia y que lo conseguido no se venga abajo con Feijóo y Abascal.

 



[1] Los hombres de Putin, Catherine Belton.

domingo, 3 de julio de 2022

LA MILONGA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL (II)

 


Antonio Mora Plaza

 

 "Economista, licenciado por la UCM, bancario, ha trabajado para CC.OO. Cinco libros publicados, cuatro de ellos de análisis económico y uno de literatura. Autor, además, de numerosos artículos de economía publicados en revistas especializadas. Colaborador habitual en la revista digital Nueva Tribuna".

 En este segundo artículo trataré de profundizar y precisar algunos aspectos tratados en el primero porque podría pensarse que las posibilidades de la llamada inteligencia artificial actual y futura –sobre todo futura– son un problema tecnológico cuando, en realidad, son limitaciones lógicas insalvables. Y estas últimas ponen un límite siempre a la tecnología. Y el problema es que la promesa de solucionar algunos problemas de la humanidad se acabe convirtiendo en una religión, al igual que la católica promete el reino de los cielos a los pobres y a los que sufren en este mundo para su consuelo. 

Comenzaré retomando el problema de la parada de la máquina universal de Turing porque no es este un problema que la tecnología pueda solventar por más que nuestra imaginación pueda volar a los confines de lo deseable. Lo explicaré de nuevo. Una máquina de Turing consiste en un cabezal donde tiene un programa –el estado de la máquina– y una cinta que pasa por el cabezal[1], cinta que la suponemos infinita, y donde están escritos tanto los datos como las instrucciones[2]. En la cinta están las instrucciones y lo datos reducidos a unos y ceros, es decir, a paso de corriente o no pase. Cualquier información puede ser reducida a ceros y unos mediante tablas de conversión. Hemos dicho que la cinta es infinita y, en principio, se le otorga a la máquina un tiempo infinito, aunque lo normal es que esto esté acotado por cuestiones prácticas, porque una supuesta inteligencia artificial que necesitara un tiempo infinito para tomar una decisión y ejecutarla no serviría para nada. Cuando un 0 o un 1 llega al cabezal –en este momento el cabezal tiene un programa determinado-, éste puede cambiar de estado –variará el programa– o no cambiarlo y, a continuación, y según quede el estado –el programa– puede cambiar el cero por el uno si le llega un cero, el uno por el cero si le llega un uno, o no hacer nada de esto, y, a continuación, debe mover la cinta a la derecha o a la izquierda para leer el siguiente carácter. Y si no mueve la cinta, la máquina se para, bien porque haya resuelto la tarea, bien porque las instrucciones le dicen que se pare. Pero esto ya es un problema porque si se para nos quedamos sin máquina para otra tarea. Piénsese la máquina de Turing como un autómata que debe actuar por sí misma sin que ningún ser humano la reinicie cuando se para. Si nos encontramos con una máquina de Turing ¿qué hacemos si está parada o qué hacemos si queremos que se pare para discernir si ha finalizado una tarea? Y aquí viene la genialidad de Turing, porque se imagina una máquina universal que hiciera lo contrario de esa máquina particular y concreta y que esa máquina universal inyectara ese programa a la máquina particular. Parecería que hemos resuelto el problema porque, cuando la máquina particular se para, la máquina universal le dice que arranque y, en algún momento, le dice que se pare si el cabezal de la máquina particular no ha recibido instrucciones –entonces cambiaría de estado– a través de la cinta para que se pare. En definitiva, la máquina universal daría instrucciones contrarias a la máquina particular, diciéndole que arranque cuando se para a la particular y que se pare cuando ha sobrepasado un tiempo razonable de lectura de la cinta. Pero, llegado a ese punto, Turing se preguntó ¡que pasaría si, en lugar de pasar las instrucciones de la máquina universal a una particular, se la pasara así misma! Pues ocurriría que, cuando le llegara las instrucciones de pararse, el estado –el programa– le diría que continuara y, cuando le llegara las de continuar, que se parara. El resultado un desastre porque esto es una contradicción lógica insalvable para la máquina. Esta demostración puede entenderse como la forma más simple de presentar los teoremas de incompletitud de Gödel o el problema de la diagonal de Cantor. Puede leerse al revés y decir que lo descubierto por Gödel y Cantor demuestran la imposibilidad de solventar el problema de la parada de una máquina de Turing, puesto que la máquina más universal posible no lo resuelve. Son los problemas de las sentencias autorefenciables. Por ejemplo, la paradoja del barbero de B. Russell[3] o, por ejemplo, el problema de decidir si es verdadera o falsa una sentencia del tipo: “todas las sentencias de menos de setenta caracteres son falsas”, teniendo esta sentencia solo sesenta caracteres, incluidos los espacios. 

En lo anterior aún estamos en una fase de la inteligencia donde una inteligencia artificial debería resolver cualquier problema a partir de programas fabricados –convertidos en ceros y unos que pasan por la cinta– por, supuestamente, los seres humanos. Es la fase I. Pero seamos generosos y supongamos que pasamos de esta fase, donde una inteligencia artificial no solo resuelve problemas prácticos para los que se les programa, sino que, además y supuestamente, es capaz de resolver problemas para los que no está programado ni de forma determinista ni de forma aleatoria. Supongamos que es capaz de demostrar el teorema de Pitágoras y no solo de comprobar el teorema al examinar tres segmentos de recta y comprobar si están en terna pitagórica[4]. El avance sería enorme, pero ¿qué pasaría si se encontrara con tres segmentos de una esfera que corren por su superficie? En este caso el teorema de Pitágoras aplicado a la geometría esférica es distinto dado que los ángulos interiores de un triángulo esférico no suman, en general, 180 grados. Dicho de otra forma: ¿cómo sabe la máquina, que está programada en la estructura de una geometría euclidiana plana, que se encuentra ante una nueva geometría? No lo sabe, salvo que alguien exteriormente le pase las instrucciones que permiten crear la estructura matemática de la geometría esférica. Alguien podría dar con la siguiente solución: bien, que se ponga en la cinta todas las estructuras matemáticas conocidas y cuando el programa del cabezal haya adquirido la información de la estructura matemática de la geometría esférica, entonces resolverá el problema práctico de comprobar una terna pitagórica aplicable a esta geometría. Y estamos siendo generosos porque hemos dotado a la inteligencia artificial –que se reduce siempre a una máquina de Turing universal– de la capacidad de demostrar y no solo de comprobar. Pero en este momento, cuando parecería que hemos resuelto el problema, llega Gödel y nos chafa esa posibilidad con sus teoremas de incompletitud. Lo que viene a decir Gödel es que no puede existir una estructura lógica-matemática universal que pueda decidir siempre si un teorema es verdadero o falso y solo lo pueden hacer estructuras determinadas y concretas. Por ejemplo, el álgebra elemental no puede hallar de forma general las raíces de las ecuaciones de quinto y grados superiores con métodos algebraicos, es decir, con los métodos que la axiomática del álgebra permiten. Para resolver estas ecuaciones inventaron Abel, Galois y otros la teoría de grupos. O, por ejemplo, solo con el conjunto de los números naturales no podemos resolver la ecuación ax=b si b no es divisible entre a. Tampoco podemos extraer con números racionales la raíz cuadrada de 2 porque –es muy sencillo demostrar– que no existen dos números naturales cuyo cociente sea esta raíz. Y así se pueden poner multitud de ejemplos[5]. Pero volviendo a los problemas de este segundo nivel de inteligencia que hemos llamado II, no se puede garantizar que un autómata o inteligencia artificial vaya a adquirir de la manera que sea un programa que le permita resolver cualquier problema que se le ponga en las narices porque no es posible saber a priori qué estructura matemática lo resuelve; en cambio sí sabemos por Gödel que no existe una estructura universal que lo resuelva. Y si lo busca aleatoriamente puede tardar un tiempo infinito en encontrarla o, simplemente, no encontrarla por lo dicho antes. 

Y ahora vayamos al nivel III de inteligencia si por arte de birlibirloque hubiera superado los problemas de comprobar una hipótesis (nivel I) o de demostrar una conjetura a partir de que alguien le ha informado de la conjetura como tal (nivel II). El tercer nivel ya exige iniciativa para resolver problemas teóricos que nadie le ha planteado ni se ha visto obligado a resolver por circunstancias. Por ejemplo: ¿podrá una inteligencia artificial intentar resolver la conjetura de Golbach? Supongamos que una inteligencia artificial tiene un programa que le dice que la suma de dos números primos mayores que 2 siempre da un número par. Eso está chupado y cualquiera puede programar en su ordenador un algoritmo que le resuelva el problema[6]. Pero lo que se le ocurrió a Golbach es lo contrario con la pregunta: ¿se puede demostrar que, dado un número par mayor de 4, siempre existen dos números primos cuya suma dé ese número par[7]? Los seres humanos aún no han demostrado eso de forma general, aunque hay avances. Y lo peor es que no sabemos si existirá una demostración general. Yo conjeturo que esa demostración lo será por reducción al absurdo o no será. La dificultad viene de nuevo si es necesaria en la demostración echar mano de la diagonalización de Cantor. Imaginemos que en un cuadro de doble entrada colocamos todos los números primos en horizontales, correspondiendo en verticales el número de dígitos de cada número. Esto dígitos pueden ser infinitos, aunque el número primo en cuestión sea finito. Por ejemplo, cuando debamos colocar en el cuadro mencionado el número primo 3 siempre lo podremos escribir como un número de infinitos ceros a la izquierda tal como 0000……03. Y así con todos los números primos. Saldría un cuadro como: 

                    números primos              representación digital

1                0000…03                        0000…11

2                0000…05                        0000..101

3                0000…07                        0000..111

..        …………

n        0000…0x                        1001…01

 

Siendo x una forma de representar el último número primo, aunque, al haber infinitos, ese n -que representa el número de números primos- es un número infinito de acuerdo con el criterio de Cantor de considerar el infinito como actual, es decir, con algo con lo que puede operar. Pero ahora podemos construir un número –que llamaremos h– a partir de la representación digital (segunda columna) tal como: h = 1111..011 que se va a diferenciar del primer dígito del primer número (el 1), del segundo número en el segundo dígito (el n. 2), del tercer número en el tercer dígito (el n. 3), etc., aunque no sabemos si será primo o no será, pero ¡que no ha contado como sumando para construir los números pares posibles a partir de los primos! Si no fuera primo no habremos hecho nada, pero, si es primo, puede ocurrir que su concurso sea necesario –o puede que no– para la conjetura de Golbach, es decir, que sea necesario para saber si, dado un número para mayor que 4, ¡siempre! se puede obtener a partir de la suma de dos números primos. Si esto ocurre, conjeturo que solo se podrá demostrar a su vez la conjetura de Golbach mediante el método de reducción al absurdo. 

Este nivel de inteligencia e imaginación –que han demostrado al menos algunos humanos– es de máxima exigencia porque se trata de encontrar soluciones teóricas a problemas teóricos. Y que nadie desprecie por emplear la palabra teórico, porque el álgebra de Boole, los sistemas de numeración, la propia máquina de Turing, la teoría de grupos o de grafos, los 23 problemas de Hilbert, etc., han surgido como cuestiones teóricas, aunque hayan tenido aplicaciones prácticas. Pensemos en los números complejos que surgen en el álgebra. En un principio se les llamó imaginarios y el propio Gauss los despreció, pero hoy son imprescindibles para la aeronáutica, la dinámica de fluidos o el diseño de circuitos electrónicos. O la demostración del teorema de Pitágoras, sin el cual no existiría la trigonometría, imprescindible para arquitectos e ingenieros. Son apenas algunos ejemplos. Y en este III nivel de inteligencia ya no se trata de resolver problemas prácticos (nivel I), ni de resolver problemas teóricos (nivel II), sino de plantearse problemas teóricos sin saber sin tendrán traducción práctica en algún momento. Y si de verdad llegara la inteligencia artificial a este nivel lo sería sin la colaboración humana. No se trata de dificultades tecnológicas sino lógicas, además de la necesidad de la imaginación. 

A este nivel III ningún artefacto puede llegar y es dudoso que pueda llegar al nivel II porque exigiría que ese autómata -que tuviera esa supuesta inteligencia artificial- tendría que demostrar o tener en cuenta al menos –y todo por su cuenta– que los teoremas de incompletitud de Gödel le impiden construir sistemas lógico-matemáticos universales, que una máquina universal de Turing nunca se para o que la diagonalización de Cantor impide contar el conjunto de los números irracionales. Mi apuesta es que una supuesta inteligencia artificial se quedará siempre en el nivel I.



[1] Da igual que se mueva la cinta o lo sea el cabezal.

[2] Aunque no fue John Von Neumann al primero que se le ocurrió esto sí le sirvió para diseñar el primer ordenador donde datos e instrucciones estaban mezcladas. De esa manera cualquier ordenador puede ejecutar cualquier programable computable.

[3] Betrand Russell, 1872-1970.

[4] Una terna pitagórica es aquella en la que tres números enteros se cumple que la suma de los cuadrados de los dos más pequeños es igual al cuadrado del más grande.

[5] A veces las demostraciones son difíciles pero a veces no son imposibles. Por ejemplo hubo de llegar al siglo XIX para demostrar la irracionalidad de los números e y pi,

[6] Otra cosa es que no exista un algoritmo que pueda calcular de forma deductiva todos los números primos y solo comprobar si, dado un número primo, es primo o no.

[7] Dado que el número 2 es el único número primo que es par lo excluimos para así mantener que la suma de que  dos números primos cualesquiera da par, y el 2 más otro número primo cualquiera da un número impar. Por otro lado ya hemos dicho en el primer artículo que, históricamente, no fue así la formulación de Golbach pero lo dicho es lo equivalente y actual.

jueves, 30 de junio de 2022

CARTA A YOLANDA DE UN BANCARIO, ECONOMISTA Y JUBILADO


Antonio Mora Plaza

         

         

 "Economista, licenciado por la UCM, bancario, ha trabajado para CC.OO. Cinco libros publicados, cuatro de ellos de análisis económico y uno de literatura. Autor, además, de numerosos artículos de economía publicados en revistas especializadas. Colaborador habitual en la revista digital Nueva Tribuna".

 

 

Estimada Yolanda: 

          Tienes que saber que desde tu actividad parlamentaria, con aquello de que “le voy a dar un dato” –normalmente referido a Teodoro García, del PP–, más los ERTES, cuyo padre será el Gobierno de coalición pero tu eres madre y madrina, más tu pasado de activista como abogada laboralista, te has convertido en la esperanza de la izquierda; más aún, en la esperanza de la democracia por lo que luego diré. La historia, la historia con letra grande y la microhistoria unamuniana o, si lo prefieres, la circunstancia orteguiana, te ha colocado en un lugar quizá no tan buscado por ti –¿o sí?– pero ineludible. Eso ocurre a veces y, por no salir de España, le ocurrió a Adolfo Suárez o a Felipe González tras el intento de golpe de Estado de Tejero, que se encontraron con tareas no previstas o previstas de otra manera. En un artículo anterior te llamé la “esperanza granate” y creo que iría muy bien ese color para tu futura formación, de la que luego también hablaré. 

          Nada de venirse abajo por las elecciones andaluzas. La derecha mediática, mentirosa y engañadora en general, ha exagerado los resultados, sobre todo porque ha cometido el error interesado de analizar escaños en lugar de votos y ya sabemos –menos los periodistas del ABC, La Razón y El Mundo- que la ley D´Hondt y el tamaño de la circunscripciones lo deforman. Es verdad que el PP ha aumentado los votos en 832.000, pero es que Ciudadanos se ha dejado 540.000. El PSOE por su parte aminoró en 127.000 votos, algo recuperable si hace aún más políticas de izquierdas, decididamente de izquierdas en lo económico en el futuro próximo. Las elecciones en Andalucía tienen dos problemas para la izquierda: la abstención y la división de la izquierda a la izquierda del partido socialista. Los resultados de Adelante Andalucía y Por Andalucía son un ejemplo de lo nefasto de tal división. No son los únicos problemas, pero estos están en las manos de la izquierda y creo que está en tu circunstancia orteguiana cambiarlo o, al menos, de intentarlo con todas las fuerzas. Sé que la tarea es hercúlea y depende mucho de mandar a la freidora egos y machos-alfas, propios –si los hubiera– y ajenos, pero es posible. ¡Solo debe haber un partido de izquierdas a la izquierda del PSOE!, porque si hay más de uno, ambos, o al menos uno de ellos, no será de izquierdas porque servirá a la causa de la derecha diga lo que diga su programa electoral. 

          La claridad de las intenciones sirve para despejar la niebla de las dificultades. Y lo primero a aclarar es la posición respecto al PSOE de ese partido, organización o movimiento que concurra de tu mano a las urnas en el 2023. Por cierto, ese es el plazo y la tarea inmediata: que el conjunto de la izquierda gane esas elecciones y frenar posibles políticas de extrema derecha en el terreno de los derechos libertades, peligro que se dará si el PP ganara las elecciones por más sorprendente que ello pueda parecer. Este partido, heredero del franquismo, ha entrado en la lógica de la gobernabilidad a toda costa y eso le llevará a hacer políticas de extrema derecha para evitar tener que depender electoralmente de Vox y, eso, puede poner en peligro la propia democracia. Ya está en ello en cosas como la memoria histórica, los derechos lgtbi, aborto, etc., por no hablar de la destrucción del Estado de Bienestar mediante privatizaciones y ausencia de presupuestos en muchos aspectos de lo público. Y, en este siglo XXI, sin Estado de Bienestar consolidado no hay democracia, solo elecciones libres en el mejor de los casos. De momento el adversario a batir es el PP y no Vox. 

Para abordar y abortar estos intentos la formación que tú lideres debe resolver, decía, la relación con el PSOE, partido ineludible por pura sociología electoral para la renovación del Gobierno de coalición. Esta relación debe nadar entre dos orillas igualmente peligrosas. Por un lado deber marcar territorio propio, con ideas y programas solventes que el PSOE no es capaz de abordar o los aborda con miedo y limitadamente: una reforma fiscal que haga pagar definitivamente más al que más tiene, evitar que las Autonomías de derechas practiquen el dumping fiscal, hacer pagar a los bancos –el sistema financiero en general– las inmensas ayudas recibidas en el pasado desde nuestros impuestos, luchar con el fraude fiscal, contra el fraude laboral empresarial en la contratación, construir una ley de la memoria histórica aunque ello suponga perder votos, abordar mediante multitud de medidas desde el lado de los ingresos y de los gastos públicos la lucha contra la enorme desigualdad, dotar de un mínimo vital suficiente a todos los ciudadanos que viven en nuestro país, etc. La tarea es titánica, lo sé. Enfrente tienes a los poderes fácticos: los grandes empresarios, la Iglesia, los asalariados y pensionistas que votan o se abstienen a los partidos que les quitó los convenios y que solo les subió las pensiones un 0,15% durante 4 años, a la mayoría de los medios de comunicación, a muchos ciudadanos que buscan el privilegio en lugar de alimentar la solidaridad, etc. Pero tú puedes tener el poder fáctico más importante de una democracia: el BOE. Sé que esta afirmación te puede sorprender porque vienes de un mundo que cree que el motor de la historia es la lucha de clases, pero eso es, desgraciadamente, una falacia: la historia así lo ha demostrado. Y hoy día aún es más falso cuando casi la mitad de los asalariados –¿donde está la supuesta clase obrera revolucionaria?– votan a la derecha y a la extrema derecha. Es verdad que una huelga general puede cambiar muchos cosas; incluso una huelga parcial, local, de una gran empresa, lo cual es para congratularse, pero con eso solo no cambiamos el país en un sentido más justo, con eso solo no aseguramos lo público, ni aseguramos un mínimo vital para los más necesitados, no paliamos la desigualdad. ¡Ojalá estuviera equivocado!, pero me temo que no lo estoy. Pero no se me olvida el hilo de lo que decía, es decir, de la relación de tu posible formación con el PSOE: ideas propias, críticas al PSOE cuando se piense que se lo merece, pero no al extremo de favorecer a la derecha, de poner en peligro un posible gobierno de izquierdas, cosa que pasó con Podemos en el 2019 que, de la mano de Pablo Iglesias, obligó al PSOE a convocar nuevas elecciones y estuvimos a punto la izquierda –y, por ende, la democracia– de perder las elecciones. Estas son las dos orillas, difíciles de navegar en ellas porque en ambos lados el agua se precipita hacia la derecha, aunque eso resulte paradójico geográficamente. 

          ¿Cómo deber ser esa formación granate que te acompañe a un gobierno de coalición con el PSOE en el 2023? Es esa otra tarea hercúlea porque sin organización y sin un mínimo de implantación en la sociedad es muy difícil ganar elecciones. La razón de ello es porque, para ello, debemos poner ante el espejo a asalariados, pensionistas y, por ejemplo, a mujeres, cuando votan o se abstienen contra sus intereses económicos y, en este último caso, contra sus derechos como ciudadanas; ha de extenderse esa alternativa como una mancha de aceite, con una sociología militante de izquierdas como instrumento, que se dirija a los ciudadanos, a todos, pero especialmente a los que votan a la derecha en el barrio, en el bar, a la salida de los colegios, en el mercado, entre los vecinos, de forma espontánea, sin más intención que el ángel de la razón combata al dragón de las tripas de los ciudadanos.  Parece ineludible contar con Unidas Podemos, pero para ello este partido debe ponerse a tus órdenes –exagero en la expresión–, para ello este partido debe cambiar y dejar sus tics pequeño-burgueses que ha tenido de la mano de Iglesias. Difícil pero quizá no imposible. Tienes un ejemplo en Mélenchon en Francia, pero lo conseguido por el francés probablemente no será suficiente en España. En Colombia con Petro tienes otro. Más que ejemplos son analogías, pero son instructivas. En todo caso tu formación no puede ser solo un partido de notables o universitarios metidos en la política sino que debe incardinarse en la sociedad desde los pueblos y ciudades, movimientos vecinales, sindicatos, etc., pero con la visión de conjunto y no solo de aquello de “que hay de los mío”, por justo y necesario que sea. Creo que me explico. Para tener esto acabado no tienes tiempo pero sí para su gestación. 

          Hay tareas pendientes ineludibles que el PSOE por sí solo no las va a abordar o las abordará timoratamente, parcialmente, pero que con el empuje de una formación a su izquierda, que haga propuestas posibles pero sin complejos, podrá acabar todo ello en el BOE. Lo hemos visto con la reforma laboral, que al final fue reforma y no derogación, con la ley mordaza, con las fechorías del de-mérito anterior Jefe del Estado, con el CGPJ y el Tribunal Constitucional, con temas fiscales que permiten a las Comunidades bonificar o exonerar de imposición en los impuestos cedidos o compartidos, en la falta de iniciativas para que los bancos paguen en el impuestos de sociedades las decenas de miles de millones de ayudas que se le dieron en su momento, en las insuficientes medidas y –en mi opinión parcialmente equivocadas– contra los precios de la energía, en la ya mencionada e insuficiente ley de la memoria histórica, etc. Tajo hay, tajo de izquierdas pero posible, plausible, contando con nuestros presupuestos, pero ensanchándolos para mejorar el aún insuficiente y deficiente Estado de Bienestar. Y no deja de ser un problema que la parte del león de este Estado esté en manos de la derecha, porque eso da opción a la privatización continua de lo público en educación, sanidad y dependencia. 

          Mucha tarea, Yolanda, y hay que hacerlo con inteligencia y con diligencia, y tú has demostrado tener la primera y mentalidad para la segunda. Muchos confiamos en ti como líder, pero no en solitario, buscando la complicidad de otros pero sin plegarse a egos y protagonismos que agüen el proyecto. ¡Ánimo, Yolanda, que en el 2023 –o 2024– te queremos ver de nuevo de vicepresidenta como mínimo!


martes, 21 de junio de 2022

ANDALUCÍA: ELECCIONES, ESTADO AUTONÓMICO Y FISCALIDAD

 


 

Antonio Mora Plaza

 


 "Economista, licenciado por la UCM, bancario, ha trabajado para CC.OO. Cinco libros publicados, cuatro de ellos de análisis económico y uno de literatura. Autor, además, de numerosos artículos de economía publicados en revistas especializadas. Colaborador habitual en la revista digital Nueva Tribuna".


Sobre las elecciones al Parlamento andaluz de este 19 de junio lo primero que hay que decir es que 2.197.000 andaluces han votado, bien al PP, bien a Vox, bien a Ciudadanos, lo cual supone que un porcentaje de estos votantes, que son asalariados y pensionistas, han votado al partido que en el 2012 dejó a los asalariados sin convenios y que durante 4 años solo subió el 0,25% las pensiones, o bien han votado a los otros dos partidos que apoyaron esas reformas y medidas en el Congreso. Y por ello hay que felicitar a estos tres partidos de la derecha, porque han conseguido que votantes asalariados y pensionistas hayan votado –o se hayan abstenido– contra sus intereses económicos. No es un mérito menor, que diría el diletante gallego. También han votado a favor de la privatización de la educación pública y la sanidad pública, puesto que desde que llegó el Sr. Moreno Bonilla no ha hecho más que deteriorar ambas con el fin de potenciar la educación privada y concertada y, en mayor medida si cabe, potenciar también la sanidad privada. Y no solo han votado los que “han votado”, sino los abstencionistas, que votan por omisión al gobierno que salga del juego de mayorías y minorías en los parlamentos. Y debemos respetar estas decisiones por más que resulte sorprendente que en la comunidad de los “señoritos”, del rocío para señoritos y de las cofradías reaccionarias, una parte importante de los pensionistas y los asalariados voten a los mismos partidos que votan los señoritos satisfechos. Los estudios socioelectorales indican que los niveles de renta y riqueza juegan un papel importante en el voto, no en cambio cuál es tu relación contractual en el trabajo o si ya no estás en activo. Y también indican una fuerte abstención de los más pobres. 

El PSOE se ha dejado 127.182 votos respecto a las elecciones del 2018 y los dos partidos a su izquierda que son Por Andalucía y Adelante Andalucía han sumado 429.658, dejándose 155.000 votos respecto a Adelante Andalucía del 2018 (584.040 votos). Dicho de otra manera, los tres partidos de izquierda han perdido 282.182 votos de un total de 3.710.509 votos emitidos. Es verdad que el PP ha aumentado su cosecha electoral en 831.634 votos, pero es que Ciudadanos se ha dejado respecto al 2018 la cifra de 540.501 votos. Dicho de otra manera, el PP y Ciudadanos del 2022 han aumentado sus votos en 291.133 respecto al 2018. Y a eso hay que añadirle que Vox ha aumentado su recolección del 2018 en 97.325 votos. El voto del PP representa el 42,6% de los votos emitidos, pero la ley d´hondt y los diferentes tamaños de las circunscripciones le dan la mayoría absoluta. La conclusión es que, en términos sociolectorales, la izquierda sufre un revés, pero no una debacle, por más que los medios de derechas y de extrema derecha los presenten como un varapalo ¡a Sánchez! En realidad, nada ha cambiado en Andalucía desde el punto de vista de la gobernabilidad, puesto que Moreno Bonilla gobernaba con el perrillo faldero que era Ciudadanos y ahora lo ha mandado a la perrera. Otra cosa diferente es que hubiera necesitado a Vox para la investidura y para sacar leyes en el Parlamento andaluz. 

Ahora toca a la izquierda sacar conclusiones. La derecha no lo necesita porque ya está en el poder en Andalucía, en Galicia, en Madrid, en Castilla y León y en alguna otra Comunidad de menor tamaño. Tenemos que desechar que sea la economía la causa de la bajada de la izquierda puesto que el Gobierno de coalición ha conseguido situar en cifras récord el empleo, las cotizaciones y los cotizantes, los ERTES han sido un éxito, han aumento también los contratos indefinidos –es verdad que contando como tales y como siempre los de tiempo parcial y fijos-discontinuos–, consiguió la excepcionalidad ibérica para contener la tarifa energética respecto de lo que ocurre en Europa, ha devuelto los convenios a los asalariados, a los pensionistas se les ha subido sus pensiones de acuerdo con el coste de la vida, ha aumentado el salario mínimo este año dejándolo en 1.000 euros en 14 pagas (por 14). Dos puntos negros: la inflación, pero esta es importada; también los precios de la energía a pesar de las medidas. Además, el turismo y la restauración van a todo trapo y todo indica que superarán el nivel anterior a la pandemia (2019). Y, por supuesto, la desigualdad, pero eso no es cuestión de días, ni de meses, sino de lustros, con políticas de verdad de izquierdas. Es verdad que aquí el PSOE ha fracasado y el PP ha triunfado, porque para la derecha política la desigualdad es una virtud y no un defecto. El punto negro, verdaderamente negro de lo anterior, es la capacidad de la derecha y de los medios de comunicación de negar todo lo anterior con mentiras y engaños. Cada Autonomía tiene su autonomía socioelectoral, sus causas: Galicia es una región muy conservadora, pero en las ciudades se vota mucho a la izquierda; en Castilla y León, tierra de campesinos propietarios, aunque Valladolid tiene alcalde socialista; en Madrid, efecto capitalidad, dumping fiscal, renta relativamente alta, y Andalucía, cuna de la pintura española, allí triunfó el golpe franquista, región de señoritos como el sonriente Arenas, tierra de señoritos a caballo, pero también de revueltas campesinas –“andaluces de Jaén, aceituneros altivos”–, cofradías, procesiones, rocío y macarenas, ahora se decanta con sus votos y abstenciones por aquellos que la sometieron –“¿de quién, de quién son esos olivos?”–, abandonando políticamente a los que no hicieron lo suficiente para cambiarlo. 

¿Entonces qué es lo que motiva a una de las Comunidades más atrasadas a dar el voto a los que confían solo en el mercado para resolver problemas? No creo en el mantra, el tópico del desencanto, porque si los asalariados y pensionistas que ahora han votado –o se han abstenido– contra sus intereses sintieran así tienen opciones a la izquierda del PSOE para depositar sus ansias, pero no lo han hecho. Sí creo que se está consolidando en España el voto egoísta y de búsqueda de privilegios (voto de derechas) frente al voto de la solidaridad y la justicia (voto de izquierdas) por el efecto demostración de Madrid, por el dumping fiscal de Madrid. Los ciudadanos, incluso muchos que se sienten de izquierdas, quieren una fiscalidad como Madrid pero un gasto público como el que da el Gobierno de la nación. Lo cual es un imposible, pero el problema no es de conocimiento sino de egoísmo. Y la culpa de ello la tiene la fiscalidad y financiación del Estado autonómico mediante impuestos propios, cedidos y compartidos, que permiten que las autonomías de derechas compitan en bajar los impuestos porque prevén poder echar la culpa al Gobierno de la nación dada la ignorancia aún sobre las competencias de la Autonomías, tanto en términos de ingresos como de gasto. Yo me he encontrado farmacéuticos que no se habían enterado de que las competencias también farmacéuticas están transferidas a las Autonomías en muchos aspectos. El propio PP intentó echar la culpa de la actuación criminal de la Sra. Ayuso en las residencias de mayores a Pablo Iglesias, que fracasó porque el propio Consejero de la Comunidad de Madrid –de Ciudadanos– dimitió por tales pretensiones. Si el PP se atreve a tanto, a esa mentira tan criminal como la propia actuación de la Sra. Ayuso, es porque confía en la capacidad de engaño de sus huestes y políticos. En USA o en Alemania –países federales– es mucho más difícil que eso ocurra porque llevan siglos en democracia, pero en España no y el Estado autonómico tiene poco más de tres décadas. Pero, como queda dicho, no es solo un problema de conocimiento sino de egoísmo: pagar menos que los demás, pero sin disminuir las prestaciones públicas es el lema del PP si es capaz de endilgar al Gobierno de la nación el gasto y la responsabilidad de los servicios públicos y a las Autonomías la fiscalidad a la baja. Dicho de otra forma, votadme a mí, al PP, que yo haré –por arte de birlibirloque– que paguéis menos y tengáis más servicios públicos y, si no lo consigo, la culpa es de Sánchez, como si parte de los ingresos fiscales fueran competencia de las Autonomías y no el gasto, que lo sería del Gobierno de la nación. Desde este punto de vista, esta distorsión insoportable, el Estado de la Autonomías en España es un fracaso, un rotundo fracaso. Parece obligado cambiar todo esto y, también, educar a los ciudadanos en todo esto: qué es el Estado, qué es la Administración, cuáles son las competencias de Administración Central del Estado, de las Autonomías, de los ayuntamientos, de las diputaciones, de los cabildos, como se financian, etc. 

Otra posible causa es la división de la izquierda a la izquierda del PSOE. Ese es un lujo pequeño-burgués que no se pude permitir por más tiempo. Y no solo por el efecto d´hondt y demás, sino por lo desestimulante que puede ser una izquierda dividida, que siempre es indicativo de intereses, motivaciones personales, de egos mal curados, de machos-alfa entre bambalinas. En España no es posible una coalición pre-electoral con el PSOE porque este partido se ha consolidado como partido socialdemócrata al estilo alemán o nórdico, partido que en lo económico fue neoliberal y que ahora intenta ser al menos socialdemócrata con Pedro Sánchez, pero no más. Y eso da oportunidades programáticas a ese único partido –así debiera ser– a la izquierda del PSOE para ser distinto del socialista en temas laborales, de educación pública, ecológicos, derechos civiles, política exterior, migración, lucha contra la desigualdad, memoria histórica, etc., en los que el PSOE nunca acaba de rematar con coherencia y decisión. Así hemos visto que se ha hecho una contra-reforma laboral pero no una derogación de la reforma laboral, apenas se ha tocado “la ley mordaza”, no se han renovado tribunales ni CGPJ cuando tiene el Gobierno competencias y mayoría parlamentaria para ello, se ha conseguido la excepcionalidad ibérica pero es insuficiente aún para contener la factura de la luz y el gas, las Autonomías siguen potenciando y creando universidades privadas, lo cual es una contradicción en los términos y no debieran existir o, al menos, perder la condición de universidad, no se está haciendo nada en la práctica para acabar con la fiscalidad autonómica potenciadora del egoísmo y el privilegio del electorado, la enseñanza concertada distinta de la pública es alimento del egoísmo ciudadano, etc. 

Una causa más tiene que ver de nuevo con el Estado autonómico, que hace que la izquierda de ámbito nacional necesita de un partido pequeño-burgués como es ERC, que es de izquierdas siempre que no esté en juego expectativas electorales nacionalistas, independentistas. Entonces ERC compite con posturas de derechas con JpC, es decir, con la derecha catalana de toda la vida. Y la necesidad de que el Gobierno de coalición cuente con el apoyo de la minoría catalana es una lluvia fina que va menguando las posibilidades de la izquierda real. Incluso el PP –la derecha en general– intentan de continuo resucitar el cadáver del terrorismo porque es consciente de los cientos de miles de votos que les ha reportado la existencia de ETA en el pasado. Por ello vemos que la derecha y los tabloides reaccionarios escritos de derechas como son el ABC, el Mundo y la Razón critican cualquier ley que saque el Gobierno y/o el Parlamento, independientemente de su contenido. El caso más escandaloso últimamente es la crítica desde la derecha mediática del cambio de postura del Gobierno respecto al contencioso saharaui. 

No hay un giro a la derecha en el planeta como hemos visto en el próximo pasado en USA, Alemania, Perú, Chile, Honduras, ahora Colombia, quizá próximamente en Brasil, en Italia ya no gobierna Salvani y en Francia Macrón ha perdido la mayoría absoluta de su partido. Sí hay una derechización de la propia derecha hacia la extrema derecha. El único punto negro es Putin, un aliado de las extremas derechas, un nacionalista reaccionario de la peor especie. El neoliberalismo intervencionista a favor de empresas y sistemas financieros ha sido el último capítulo de una ideología que, volverá a renacer, pero ya no será la misma. El BCE ya ha escarmentado de su neoliberalismo en la crisis comenzada en el 2017 en USA y repercutida en Europa y en otros continentes, y está resistiendo ante las voces conservadoras que pretenden arreglar la inflación simplemente con aumentar los tipos de interés hasta que muera la enfermedad pero también el enfermo. Sabe ahora que el monetarismo ha vuelto a fracasar porque estamos ante una crisis de oferta de algunas materias primas y productos agrícolas y no ante excesos insoportables monetarios. 

Un problema en España es la falta de tradición democrática que hace que los ciudadanos tengan un bajo nivel intelectual político. En nuestras vidas influyen muchas cosas: nuestras herencias, nuestras decisiones, nuestras circunstancias orteguianas, etc., y… el BOE, es decir, la política. El nivel intelectual político es la capacidad de discernir lo que nos pasa entre las diversas causas de la que podemos tener margen de actuación de aquellas circunstancias que vienen dadas por las decisiones de nuestros gobernantes. Todos hemos oído aquello de que “todos los políticos son iguales”, frase empleada no siempre por los abstencionistas –sería lo coherente– sino por votantes de derechas. Mencionaba antes la increíble pretensión del PP de Madrid de hacer responsable a Unidas Podemos de la decisión criminal de la Sra. Ayuso de trasladar a los residentes de pago de las residencias a la sanidad pública o privada y de no hacerlo con las públicas. Eso es precisamente porque el PP confía en esa baja capacidad intelectual en lo político de los ciudadanos en general y, sobre todo, de sus posibles votantes. Esa capacidad no se adquiere estudiando de forma reglada simplemente –aunque estudiar nunca está demás– sino con la lectura crítica y cotidiana de los medios de comunicación durante años. Eso ya lo intuía Franco en aquella frase mítica: “usted haga como yo, no se meta en política”, siendo el jefe del Estado, sin dejar por ello de ser un sanguinario dictador. 

Creo que la izquierda a la izquierda del PSOE tiene que reflexionar y caer en la cuenta de que el Estado autonómico en España es una baza de derechas porque permite potenciar el egoísmo de los ciudadanos y de que la permanente reivindicación independentista de los dos partidos pequeño-burgueses de Cataluña –JpC y ERC– no hacen más que potenciar a la derecha del resto del país. Y el primer problema tiene solución, el de la fiscalidad y gasto autonómico, su fiscalidad, el reparto de ambos entre competencias autonómicas y nacionales. El segundo problema, como dijo Ortega, no tiene solución por más que se diera cuenta de ello Miguel Roca –uno de los padres de la Constitución– cuando aquello de “café para todos”, criticando el acceso a los estatutos de lo que hoy son las Autonomías. Tenemos que darnos cuenta de que las reivindicaciones nacionalistas en su fase independentista solo son ciertas y coherentes en Euskadi y Cataluña; en Galicia, Canarias y Andalucía son solo instrumentos de la derecha para desgastar a la izquierda, porque los ciudadanos de estas autonomías no quieren la independencia ni nada que se le parezca, sino todo lo contrario: quieren el cobijo y la teta del conjunto del país porque sus ciudadanos o son más pobres, o se sienten más pobres, o se sienten desprotegidos de la Administración Central: finisterre –fin de la tierra– en Galicia, insularidad en Canarias, falta de industria en Andalucía. En cambio, en Euskadi y en Cataluña el Ebro no es un problema sino, en todo caso, lo es porque no les separa lo suficiente del resto de la península; tampoco hay efecto insularidad en las Baleares. 

O la izquierda reformula el Estado autonómico, sus competencias, su fiscalidad, o la derecha pasará a la izquierda utilizando el Estado autonómico como ariete, aunque nunca hay creído en él. Recordemos que AP –el PP es su herencia– no voto el título VIII de la Constitución y que Vox quiere acabar simplemente con este incipiente estado federal, que se ha quedado en mitad de un puente que los legisladores del PP y del PSOE no han sabido o no han querido asentarlo con todas sus consecuencias.

miércoles, 15 de junio de 2022

Feijóo y la economía: un oxímoron


          No recuerdo haber leído nada sobre la importancia de la formación de los presidentes de Gobierno y poco sobre la importancia de la formación supuestamente intelectual de los políticos. El mismo Keynes advirtió de la dependencia de los políticos de los economistas aun cuando no fueran conscientes de ello. Sabemos que lo intelectual y lo político es siempre un matrimonio mal avenido cuando no un divorcio permanente. Recordemos la formación de los presidentes de Gobierno españoles de la democracia: Suárez, González, Aznar, Zapatero y Rajoy eran leguleyos, de Derecho; Calvo Sotelo era ingeniero y tocaba el piano, Sánchez es economista y el aspirante ahora del PP al cargo vuelve a ser de Derecho, de nuevo leguleyo. No digo que juristas porque ninguno de ellos han demostrado nivel intelectual en la materia para merecer tal calificativo. Es verdad que González y Aznar se manejaban en la economía en su fase descriptiva, tenían buena memoria, pero nada más, incapaces de hacer análisis económico. Rajoy y Zapatero los de peor manejo, pero a Rajoy se le veía más el plumero. Por ejemplo, el gallego creía que cuando él llegara a la Moncloa a la economía le iba ir mejor por ser de derechas; decía aquello de “generar confianza”: creía que con eso los inversionistas españoles y foráneos se volverían locos invirtiendo más o, al menos, significativamente más. Fracasó. Es más, prometió bajar los impuestos para ganar votos y también fracasó: fue el Gobierno que produjo la mayor subida de impuestos, que lo sepan los posibles votantes del PP. Es verdad que no parecía ni parece que a sus votantes –a los del PP– les importe que les mientan porque es verdad que, al menos a los votantes de derecha que no son ricos ni medianamente ricos, no les importa que les prometan lo imposible: mejorar los servicios públicos y bajar los impuestos. Al menos eso dicen las encuestas en Andalucía, porque si ganara la derecha en esta autonomía será porque parte de los asalariados y pensionistas de rentas precisamente no excepcionales han votado esa opción. Al fin y al cabo los más pudientes, incluso aunque no sean ricos, pueden pagarse la sanidad y la educación privadas con sus dineros y patrimonios. Esto no es un problema para la izquierda; sí lo es que asalariados que no llegan a los 2.000 euros de media al mes voten a la derecha; sobre todo es un problema para ellos mismos. Lo mismo podría decirse de los pensionistas, de la mayoría de ellos, porque el Sr. Rajoy en el gobierno les subió el 0,25% durante 4 largos años. Pero volvamos al tema. 

          Rajoy demostró con sus promesas y sus políticas económicas que nunca logró descifrar los arcanos de la economía: del tema fiscal ya queda dicho y de lo demás fue terrible: aumento de la deuda pública en 350.000 millones, se gastó los 70.000 millones del fondo de reserva de la Seguridad Social (la hucha de las pensiones), hubo rescate europeo mediante un crédito de 100.000 millones que para el ministro Guindos era un “crédito en condiciones ventajosas”, prima de riesgo desbocada cuando llevaba más de un año de gobierno, aumento terrible de la desigualdad –para el PP esto no es un fracaso sino un éxito–. En cuanto a Zapatero su problema no fue no dominar esos arcanos sino plegarse ante la Merkel y Bruselas congelando las pensiones y los sueldos de los funcionarios en el 2011. También inició una pequeña reforma laboral, que fue pequeña comparada luego con la que hizo Rajoy en el 2012. Tanto Rajoy como Zapatero se fueron de la Moncloa sin haber entendido nada de lo que pasaba: para ellos prima de riesgo, agencias de calificación, hipotecas subprime, mercados de futuros, austeridad expansiva, multiplicadores, etc., era mero lenguaje económico, jerga económica con la cual los economistas con título se convertían en meros chamanes y pitonisos rellenando cuartillas en medios de expresión. Pero su no entendimiento perjudicó a la economía: Rajoy practicó la austeridad y España ha tardado una década en recuperar el empleo que ahora, desde el 2019 y con otra política económica, se ha tardado solo dos años. Con Zapatero también se cayó en esa malhadada austeridad y no sirvió de nada su congelaciones sino todo lo contrario, porque frenó la demanda vía rentas cuanto tanto hacía falta. Siempre hay dos alternativas: una política económica que mejora a la mayoría y otra que mejora a la minoría más pudiente. 

          Y ahora viene el Sr. Feijóo y parlotea de economía como si alguna vez hubiera entendido de ella. Le puede dar clase su colega gallego Abel Caballero, que éste de eso sí sabe. Para empezar ya confunde el pepero prima de riesgo con tipos de interés; más aún y peor: ahora promete ¡bajar los impuestos para frenar la inflación! Que alguien le diga por favor que eso es una contradicción aunque eso le de votos. ¿Se imagina el lector con ese bagaje económico al Sr. Feijóo hablando en una conferencia de presidentes y jefes de gobierno en la UE? Con Rajoy por provinciano y con Zapatero por falta de inglés nuestra cuota de ridículo en Europa ya está cubierta. Si el actual inquilino de la Moncloa se da cuenta –y creo que se dará– de los desconocimientos del gallego pretendiente a la Moncloa lo puede dejar en ridículo lo mismo que hizo el Sr. Borrell cuando en un debate el Sr. Álvarez Cascos –a la sazón secretario general del PP– confundió déficit con deuda publica. Es verdad que para el PSOE y el resto de la izquierda el Sr. Feijóo puede ser un chollo dialécticamente, pero: ¿y qué pasa si llega a la Moncloa? Ya hubo algún pretendiente a la Moncloa que salió escaldado en sus pretensiones por mor de alguna moción de censura fallida –¿recuerda el lector al Sr. Hernández Mancha?–, porque un tonto y de derechas con poder es un doble peligro y no sé si más por lo primero que por lo segundo. Ya lo hemos visto con Rajoy, que perjudicó al país sin que la mayoría de las empresas se beneficiaran por el estancamiento de la demanda. También lo es uno de izquierdas que solo lo sea de pico y con el mismo desconocimiento. 

Atravesamos momentos delicados. Es verdad que las cifras económicas actuales son mejor que las que se podían esperar, con mejoras del empleo, cotizantes y recaudación fiscal, pero el toro de la inflación hay que torearlo bien, sin entrar a descabello prematuramente, evitando en todo momento sus “cornás”. Sr. Feijóo, que sepa usted que la inflación actual no es de origen monetario aunque haya que subir al final medio punto los tipos de interés; tampoco es una inflación keynesiana por el lado de la demanda, sino que es una crisis de suministros de algunas bienes de primera necesidad y de algunas materias primas y que, cuando ello se reponga o se reequilibre, la cosa de los precios volverá a su cauce aunque por el camino nos hayamos dejado algunos pelos en la gatera en términos de renta per cápita. No sea usted provinciano y nos diga –como algún compadre político suyo– que la culpa de la inflación actual la tiene Sánchez, no haga el ridículo tan temprano. Sr. Feijóo, está en sus manos y en sus influencias que las autonomías gobernadas por ustedes dejen de deteriorar la educación y la salud públicas, mejoren la cuestión de la dependencia y colaboren en la lucha contra la desigualdad. Tienen para ello competencias las autonomías, tanto por el lado de los ingresos (impuestos propios, cedidos y compartidos) como por el lado del gasto. Sr. Feijóo, “vaya a las cosas” y aminore en lo posible las mentiras y engaños de su partido, que para ganar votos sirven pero para gobernar no.